13 julio 2012

XIPHIAS CAPÍTULO VI POR GABRIEL GUERRERO GÓMEZ



Capítulo VI

El mar



“Hemos crecido luchando. Hemos vivido luchando y, si es preciso, moriremos luchando por nuestra libertad y la de nuestros hijos”.                     

                                                                    Asey                                       

(Memorias de guerra).

         Habían pasado doce años desde la primera vez que Löthar Lakota tuviese su primer encuentro con el regente de Sillmarem, Miklos, y su mano derecha, el jefe de científicos Chakyn Chakiris, bajo el mar del planeta Herakliontes. Su abuelo Aticus no había exagerado al describirle la cultura y forma de vida de aquel paradisiaco mundo. Hacía tres inviernos que Aticus les había abandonado, pero antes de morir le había confesado que había vivido una vida plena y feliz, y que se sentía orgulloso de haber podido comprobar con sus propios ojos cómo se había convertido en un gran hombre. Löthar había amado mucho a aquel anciano. Y en muchos aspectos estaba convencido de que era lo que era gracias a él. Extraoficialmente, los Aquanautas de Sillmarem se referían respecto a su joven Comandante como “El Xiphias”, todo un homenaje y reconocimiento a su valía y devoción por los Sillmarem. En no mucho tiempo, cuando Valdyn Sillmarem, príncipe y legítimo heredero al trono del delfín alcanzase la mayoría de edad, Löthar se vería en la obligación de ir a buscarle a Thenae una vez hubiese finalizado sus estudios como cadete de la academia de Thenak, para después volver a Sillmarem y continuar su preparación y así gobernar algún día. Löthar confiaba que lo haría como su abuelo hizo con él en Herakliontes: con sentido común, paciencia, honestidad y sabiduría. No obstante, sabía que Salek y su proverbial sabiduría y buen hacer estarían siempre velando por el muchacho.

         En ese instante, un alargado aerokatamarán de casco translucido de la flota de Sillmarem, de también suaves y aerodinámicas formas, sobrevolaba casi al ras de la superficie las olas de los mares del nordeste de Sillmarem. Löthar Lakota disfrutaba del inmaculado discurrir de aquellas aguas, cuyos espumosos penachos de mar se deslizaban precipitadamente hasta difuminarse sobre las  orillas de las playas, dejando humedecida una arena tan fina como el polvo de oro. La sensación de estar flotando sobre las aguas le sobrecogió maravillado. A diferencia de los Sillmarem, él, como buen montañés de Herakliontes, no podía soportar estar mucho tiempo encerrado en las bases submarinas del planeta. Necesitaba sentir en su rostro la fuerza del viento, respirar sus brisas y la variada cantidad de matices en las fragancias que despedían los bosques. Necesitaba sentir la incomparable libertad de los árboles, el juguetón sonido de sus pájaros y seres vivos. Entendía y respetaba a Miklos y su interminable pasión por el mar y sus profundidades abisales. Cuando no se sumergía pilotando algún vehículo submarino, buceaba con sus especiales trajes a chorro entre los arrecifes de coral, o patrullaba las costas en alguna aerobarcaza blindada. Él, por el contrario, necesitaba sentir la vida de los bosques. Ante sus ojos comenzaron a definirse los primeros bordes de la costa de Fornalaz, en la lengua autóctona de Sill se traducía como los <<fiordos de luz>>. Trozos de costas cortadas verticalmente por el invisible cuchillo de antiguos gigantes marinos, según las antiguas leyendas locales. Enigmáticos mitos, asombrosos cuentos, viejas historias y anécdotas salpicaban el mundo marino que tanto amaban Miklos y los de su tierra. Aticus le había comentado que en aquel vasto territorio semisalvaje, los acantilados eran tan altos que en los días de mucho viento si uno se descuidaba se veía irremisiblemente arrastrado al vacío contra las rocas. Pinceladas de moluscos y conchas se distinguían perfectamente entre los arrecifes, especies originarias y únicas de aquellos lares. Majestuosos halcones de mar, de blanquecino color, se precipitaban a vertiginosa velocidad desde lo más alto de la costa a la caza de su presa, atravesando la superficie del mar cual misil de carne y hueso, para después elevarse orgullosamente con su presa coleando inútilmente entre sus garras.

         Löthar observó asombrado las típicas cronal, casas de pared de los fiordos. Estructuras blindadas de cristalanio, las cuales, perfectamente incrustadas sobre las paredes de aquellas espectaculares cornisas, sobresalían con una abombada mitad exterior, en tanto la mitad interior se hallaba ubicada en la roca, conectada con multitud de corredores y pasillos de otras cronal. Parecían cristalinas burbujas adosadas cual huevas de esturión a sus paredes. La sensación de vivir en el aire debía ser de lo más excitante.

         Al caer la noche, y desde la distancia, se asemejaban a un coloreado racimo de luminiscentes esferas de los más diversos tamaños y texturas, derramado en cascada desde algún arco iris camuflado por la noche. Löthar apreció lo que quedaba de los enclaves de sujeción, de ciudades submarinas que se habían sumergido y trasladado a otra zona. Azulados robles centenarios, especialmente resistentes al frío, mudos testigos de muchos inviernos pasados, se le aparecieron bordeando acantilados e islotes. Una inesperada vibración de la cubierta de su transporte le sacó de su línea de pensamientos, comprobando cómo a sus pies el mar se agitaba más embravecido. Un espeso banco de oscuros nubarrones cubrió el horizonte. Un aviso de tormenta por su intercom le obligó a retirarse al interior de su transporte. Tras lanzar un último y resignado vistazo a su alrededor, se introdujo en su camarote. Un mensaje cifrado de Elektra por un canal de alta seguridad en su intercom llamó su atención. Requerían su presencia con urgencia. Algo grave había pasado y debía dirigirse al gran Faro Blanco de Marelisth lo antes posible.





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