06 julio 2012

XIPHIAS CAPÍTULO IV POR GABRIEL GUERRERO GÓMEZ



Capítulo IV

Más allá de la oscuridad



“La libertad de espíritu es la auténtica fuerza de todo pueblo”.

                                                           Asey                           

 (Reflexiones desde el silencio).



Anatoly, sonriente, penetró en la habitación, y junto a dos hombres más, arrastraron los cuerpos de Löthar y Aticus en la oscuridad. Uno de ellos apoyó la boca de su pistola en la nuca de Löthar. Anatoly le recriminó el gesto.

—Los quemaremos vivos, tienen que pagar por lo que me han hecho —dijo acariciándose ambas prótesis metálicas sustitutas de lo que antes fueran sus manos.

Penetraron por un pasillo y una bocanada de calor les golpeó el rostro. El rojizo brillo de un horno circundaba parte del crematorio. Löthar deglutió, asustado.

—Fíjate bien, viejo, te voy a asar vivo como a un pollo. Eso te enseñará a no meterte en los asuntos de los demás —le recriminó el extranjero golpeándole contra una mesa de metal oxidada.

Aticus soltó un gemido y Löthar creía que se iba a volver loco, pero se mantuvo agazapado sin perder el control.

–Date prisa Anatoly, partimos en un cuarto de hora.

— ¡Con eso no tengo ni para empezar con ellos!

—Entonces discútelo con el Capitán si te atreves. Yo me voy fuera, ¡y no tardes!

Anatoly cerró con un gruñido la puerta estanca, se giró y dio otro puntapié a Aticus para después acercarse a los controles de flujo y aumentar la potencia del horno. Un calor sofocante invadió la sala. Con una irónica sonrisa se frotó las manos y comenzó a inclinarse para coger de los pies a Löthar. Para su sorpresa, sólo halló el cuerpo de Aticus encogido sobre sí mismo. Giró a su derecha el cuello sintiendo cómo una certera patada le partía la mandíbula. Dos jóvenes manos giraron en un ángulo imposible, quebrándole el cuello, Löthar cayó de rodillas, escupiendo saliva. Su cuerpo temblaba por el miedo. ¡Lo había hecho! Había vencido a aquel odioso extranjero. Löthar, con rapidez y delicadeza, incorporó a su abuelo y vio que tenía el rostro bañado en sangre. Con habilidad le quitó el abrigo, los guantes y el gorro al extranjero, colocándoselos a su abuelo. Intentó levantar por dos veces el peso muerto del extranjero, jadeando por el esfuerzo. Con un supremo esfuerzo nacido de la rabia, consiguió arrastrarlo, primero por los pies y después por los brazos. Logró a duras penas situarlo en la camilla metálica de la boca del crematorio, activó una palanca y la camilla se movió introduciendo el cuerpo sin vida del extranjero. Mientras las llamas lo consumían, Löthar se dio cuenta cuán cerca había estado del infierno. Agitó la cabeza llorando por dentro y registró el abrigo de su abuelo encontrando un puñal. Acercó su oído a la puerta estanca, y tras cerciorarse de que no había nadie, salió al pasillo mirando a derecha e izquierda, con mucha cautela. Tomó por la cintura a Aticus y, bamboleantes, avanzaron, parándose a cada esquina con mucho tiento. Aquel lugar subterráneo era más grande de lo que parecía. Cruzaron algunos corredores más y Löthar se topó con lo que parecía una puerta de emergencia. Logró abrirla manualmente y tras bajar una escalerilla, sintió el contacto de la nieve en sus piernas. Árboles en la oscuridad. Löthar se sorprendió de no ver a ningún grupo perseguidor. Avanzó unos metros y apoyó el cuerpo de Aticus contra el tronco de un enorme árbol. Notó cómo su abuelo deliraba por la fiebre. Sabía que a la intemperie no sobrevivirían.

Su cabeza se giró con brusquedad y apenas percibió el movimiento de una sombra con un fusil de caza haciendo guardia. Löthar vio en ello quizás su última oportunidad para salir de allí con vida. Se agachó y esperó a que el viento le llegase de cara, sacó el puñal de su cintura y se arrastró con mucho sigilo, ignorando el dolor físico de sus heridas, ignorando el dolor de su abuelo medio moribundo en la nieve, ignorando el dolor del miedo que amenazaba con devorar su psique. Se acercó y esperó hasta que la silueta armada ofreció un blanco perfecto. Los largos años de adiestramiento dieron su fruto. El cuello de aquella silueta fue atravesado en una exhalación. La enorme figura se derrumbó, Löthar lo remató y le quitó el rifle, registrándole por todas partes, se retiró con sigilo avizorando que no hubiese más guardias alrededor. Tomó a su abuelo, y con las pocas fuerzas que les quedaban, avanzaron por un denso bosque de coníferas, sintiendo la fuerza de una tempestad de nieve que les cegaba por completo la visión. Hubo un momento en el cual su mente se adentró por un corredor en el que no existía otra cosa que el mecánico movimiento de andar y arrastrar el cuerpo de su abuelo en la nieve. Avanzar, avanzar y avanzar era lo único que existía en su particular universo, avanzar o morir, un paso, otro paso, otro paso más.

Löthar sintió cómo sus miembros exhaustos ya no respondían, la nieve era cada vez más intensa, el viento más fuerte, el terreno más difícil para avanzar. Tropezó una primera vez y una segunda y otra más, quería descansar, quería dormir, quería acabar con todo de una vez por todas, su último pensamiento fue para su abuelo. Lo siento Aticus, lo siento mucho. Su cuerpo se acurrucó junto al de su abuelo mientras oleadas de nieve los cubrían azuzados por los rugidos de la tormenta.

No sabía cuánto tiempo había pasado, ni dónde estaba, ni si era real o un sueño. Löthar alzó los párpados con un notable esfuerzo. Se vio desnudo dentro de lo que parecía ser una cámara criogénica de recuperación vital. A su izquierda, en una réplica exactamente igual, yacía su abuelo en un profundo estado de coma. Sus ojos volvieron a sumergirse en el reparador sueño del olvido. De vez en cuando podía percibir alguna conversación lejana y movimiento a su alrededor, después silencio y nada.

Había perdido la noción del tiempo, le dolía todo el cuerpo, giró su cabeza y vio ropa perfectamente planchada y doblada a la izquierda de la cabecera de su cama. Löthar se incorporó sin poder evitar soltar un gemido, fueron necesarios varios intentos fallidos hasta que logró reincorporarse. Le costaba respirar, al dilatar sus costillas el dolor se le hacía insoportable. Tardó unos minutos en habituarse. Sólo recordaba a su abuelo dentro de una cámara criogénica, no sabía dónde estaba, pero intuía que, por el momento, fuera de peligro. Concluyó que si alguien hubiese querido hacerle daño, ya lo habría hecho. Se enfundó los pantalones como pudo y salió de la habitación descalzo. Tanto el suelo como las paredes estaban hechas de un material extraño. Se colocó la camisa y siguió pasillo adelante. Cruzó una sala circular y se aproximó a una de las ventanas. Ésta se transparentó mostrándole las profundidades marinas de un mar del cual no sabía nada. Un coloreado banco de alargadas criaturas y pececillos de colores siguieron su camino entre algas y corales. Una vasta corriente de vida marina ocupó su visión dejándole anonadado. Siguió camino y palpó con su mano dos efigies marinas adosadas a las paredes. Dos tritones sosteniendo una S gótica. Observó el símbolo a sus pies, su collar brilló con especial intensidad. Una puerta se deslizó a un lado con suavidad al identificar a Löthar. Éste cruzó la entrada con cautela y observó cómo dos figuras se hallaban sentadas en un impresionante salón circular de madera, atestado de libros y todo tipo de artefactos marinos. Al parecer, de gran antigüedad. Le pareció pasar desapercibido. La actitud de concentración de ambos personajes sobre un tablero circular de ajedrez, le intrigó. Por un instante, se sintió ridículo y perdido.

—Jaque, y esta vez no te escaparás, Miklos —aseguró uno de los jugadores sonriente, agitando una copa de vino antes de beberla.

—Hummm, Chakyn, no se puede comer algo que aún no se ha pescado, querido amigo —dijo sonriente el otro jugador bebiendo de otra copa de vino.

Chakyn frunció el ceño y estudió con fijeza la siguiente jugada de su adversario. A Löthar este gesto le pareció, cuanto menos, divertido.

—He de reconocer que llevas una temporada en la que estás intratable, Miklos —gruñó Chakyn mascullando por lo bajo ininteligibles palabras.

—Unos lo llaman suerte, otros azar, algunos maestría. En fin, son cosas que pasan —aguijoneó Miklos ocultando una furtiva sonrisa con picardía.

Chakyn soltó otro gruñido y se agitó más concentrado aún en la silla, como si le fuera la vida en ello.

—Entre caballeros como tú y yo, la amistad debe quedar por encima de cualquier juego —aguijoneó Miklos dando otro sorbo de vino.

—Claro claro, por descontado. Aparte de eso, acabaré contigo en un periquete —gruñó Chakyn.

Miklos se estaba divirtiendo de lo lindo. Aquel hombre, sin saber muy bien por qué, cayó bien a Löthar. Fue algo casi instintivo.
 

 



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