03 julio 2012

XIPHIAS CAPÍTULO III POR GABRIEL GUERRERO GÓMEZ



Capítulo III

Frío y humedad



“La autosuficiencia en el más alto grado, no siempre asegura la supervivencia ante una poderosa amenaza exterior, ya sea natural o artificial, creada por seres inteligentes cualquiera que sea su fuente de origen”.

Elektra Penélope Zephyrus
                                                           (La vulnerabilidad del aislamiento forzado).

                             

Löthar miró con curiosidad el collar y trató de dormir y reflexionar sobre lo que había sucedido en los últimos días. Un propósito por el que vivir, un destino que encontrar, un planeta al que llegar: Sillmarem. El exótico mundo de interminables mares. Una leyenda de la que prácticamente nadie sabía nada, una quimera, una utopía. ¿En verdad existen esas gentes? ¿Qué las hace tan diferentes a las demás? El sueño comenzó a vencer a Löthar.

El aire fresco de la mañana siguiente renovó el ánimo de ambos. A buen paso, cruzaban un estrecho desfiladero conocido por Aticus como el paso del “cuerno roto”. Al final del camino, una columna de piedra semicurvada destacaba al otro lado del paso con la punta desprendida. Aticus inspiró con fuerza, sondeó con mucho detalle el precipicio que se abría a su derecha, e inició la marcha uniendo a su cuerpo a Löthar mediante un cordel extensible de escalada anudado en sus cinturas.

Por unos minutos la marcha discurrió con normalidad. Löthar pisaba con especial cuidado por los lugares donde previamente había pisado su abuelo. Se lo tomó con mucha calma. Alzó su mirada comprobando cómo su abuelo giraba la cabeza con brusquedad. Löthar sondeó la lejanía. Algo parecía perfilarse a lo lejos, algo que aprovechaba la luz del sol a sus espaldas para atacar. ¡Un rastreador!


— ¡Vamos, Löthar! No te detengas —gritó su abuelo aligerando la marcha a todo lo que daba de sí.

—Escondámonos —dijo Löthar sintiendo un frío sudor en la frente.

—Es inútil, deben haberse hecho con una muestra de nuestro ADN en la cabaña.

Una rabiosa desesperación traslució la voz de Aticus.

— ¿Y eso qué significa?

— ¡Piensa! Nos han debido localizar con el apoyo de algún satélite —murmuró su abuelo angustiado sin detenerse ni un segundo.

Faltaban pocos metros para salir del desfiladero cuando sonó la primera explosión, una cascada de nieve y rocas se deslizó a sus espaldas, atronando al final del precipicio. Löthar apenas mantuvo el equilibrio. La montaña parecía desplomarse sobre ellos. Un fuerte tirón y se vio arrastrado por la vigorosa mano de su abuelo. Éste lo acercó hacia sí, sonriente.

—Ya está, muchacho, de buena nos hemos librado.

Dos explosiones más los sobresaltaron. Apenas se habían alzado del suelo y girado, cuando Aticus se topó con el rostro de uno de los extranjeros, sintiendo una dolorosa sacudida en el rostro. Löthar fue golpeado en la cabeza perdiendo el sentido.

—Te lo advertí, viejo, te dije que te encontraríamos. Ahora eres todo mío.

Horas más tarde, los sentidos de Löthar no lograban discernir nada en la oscuridad. Parecía encontrarse en una especie de subterráneo. Hacía mucho frío y humedad y tenía un horrible dolor de cabeza. Esperanzado buscó algún indicio de su abuelo, pero todo era oscuridad y silencio. El pánico comenzó a surtir efecto. Solo, aislado, perdido, herido y sin saber muy bien a qué atenerse, comenzó a temblar y a llorar angustiado. Durante unos segundos un terror insondable pareció amenazar su cordura, pero el adiestramiento férreamente inculcado por su abuelo comenzó a surtir efecto haciendo funcionar sus mecanismos de defensa interiores. Comenzó por regular la respiración, despejar la mente y cerciorarse de las heridas que tenía y su gravedad. Después examinó la estancia buscando alguna salida o señal de luz, alguna herramienta, algo que le fuera útil, pero fue en vano. Trató de desasirse de sus ataduras, pero éstas eran fuertes. Concentró hasta el último ápice de sus energías para no dejarse llevar por la desesperación. No le quedaba otra cosa que aguardar y fortalecerse en su silencio. Agudizó el oído, pero no había nada más que silencio. Era curioso cómo la mente se disparaba por corredores inesperados de pensamientos, a cada cual más grotesco, más absurdo. Se obligó de nuevo a silenciar su mente controlando la respiración. ¿Quiénes son esas gentes? ¿De dónde vienen? No entendía tanta crueldad. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando el rayo de un portón de seguridad entreabierto lo despertó, cegándole dolorosamente. La voz de uno de los extranjeros lo sacudió como un latigazo eléctrico.

—Tu abuelo es un tipo más duro de lo que parece. En verdad que nunca conocí uno igual. Es una lástima, una verdadera lástima.

Una mezcla de admiración y contrariedad se insinuaban en su tono de voz.

— ¡Anatoly! ¡Anatoly! Ven a ver esto, date prisa.

Su rostro semioculto por la luz se contrajo perplejo. Salió de la estancia dejando a Löthar a solas de nuevo. ¡Ahora! pensó Löthar. Forcejeó buscando algún punto de apoyo, algo con lo que quebrar sus ligaduras. Retazos de conversación llegaron a sus tímpanos. Se inclinó todo lo que pudo hacia el portón.

—Fijaos en la marca de su pecho izquierdo, cerca del corazón. Ese símbolo, ese símbolo…

—Sí, Sergey, a mí también me es familiar. Parece… —dijo Anatoly.

—Parece el escudo de… no puede ser, es imposible —gruñó el que se hacía llamar Sergey.

—Este hombre ha debido servir con ellos .apuntó otro de los extranjeros.

—Insinúas que es uno de ellos, ¿un Sillmarem?

— ¿Y qué hace en este planeta olvidado de los Dioses y con ese muchacho? Esto no tiene ningún sentido .inquirió Anatoly.

Otra voz irrumpió en la estancia.

— ¡Estúpidos! Deberíais tener más cuidado con lo que hacéis.

—Mi Señor.

El tono de voz de Anatoly sonó más respetuoso.

— ¡Deshaceos de los cuerpos enseguida! Incinerarlos y borrar todo rastro de su existencia. Incluso vuestras huellas. ¡Todo!

— ¿Del muchacho también?

—Si los Sillmarem llegasen tan solo a sospechar de vuestra locura, tendréis que responder ante el mismísimo Imperator en persona y terminareis por ser pasto de los tecnoparásitos —terminó por decir la voz, golpeando con lo que parecía ser la fusta de un látigo a Anatoly y abandonando acto seguido la estancia.

Löthar entrecerró los ojos sintiendo cómo le martilleaba el corazón cuando el propio Anatoly lo sacó a rastras de aquel lóbrego cubículo, empujándolo contra el cuerpo de su abuelo. Cuando hubo salido a aquella nueva estancia, Löthar abrió los parpados encontrándose con las cuencas vacías y cauterizadas de los ojos de su abuelo. Lo habían torturado hasta la saciedad. Löthar se obligó a no gritar de dolor, pero al sentir la respiración de su aliento, una débil llama de esperanza prendió su ánimo.

–Aticus. Aticus —susurró Löthar acercándose desesperado —. Abuelo. Aticus.

—Muchacho, ¿eres tú?

—Sí, sí, soy yo, Löthar. Te sacaré de aquí.

—No, no. Escúchame. Cerca de mi bota, mi bota, hallarás un fino cilindro, es un bisturí—láser. ¡Cógelo! Date prisa muchacho, no hay mucho tiempo.

La débil voz del anciano sacudió el ánimo de Löthar. El miedo y el hábito de acatar siempre la voluntad de su abuelo le insuflaron nuevas energías. Tanteó con los dedos el borde circular de su bota y…nada, buscó un poco más abajo y, en efecto, ahí estaba. Sacó el cilindro, pero no lograba conectarlo. Casi se le escapó de las manos.

— ¿Lo tienes?

—Sí, pero no logro conectarlo, abuelo.

—Pónmelo entre los dientes, ¡vamos! —ordenó Aticus.

Löthar logró ponerse de rodillas y con mucho esfuerzo, lo situó entre las mandíbulas de su abuelo. Éste las apretó, y un fino haz de luz comenzó a seccionar las sólidas ligaduras de Löthar. Acto seguido Löthar tomó el bisturí y cortó las de su abuelo, incorporándolo del suelo.

—Ya está.

—Ahora esperaremos a que nos conduzcan a la cámara crematoria.

—Nos matarán antes de llegar allí —soltó Löthar.

—Nos quemarán vivos, no se privarán de ese placer —susurró Aticus.

—Aprovecharemos nuestro momento y saldrás de aquí.

—Yo no me voy sin ti, abuelo —sentenció Löthar.

—No seas estúpido. Conmigo moriremos los dos. Piensa, soy un estorbo para ti, al menos uno de los dos tendrá una posibilidad.

— ¿Y qué voy a hacer sin ti? No, no te dejaré –decidió con firmeza Löthar.

— ¿Recuerdas el collar que te di?

—Aquí lo tengo —le mostró Löthar sintiendo cómo su abuelo lo acariciaba con respeto, casi con cariño.

—Has encendido tu destino. Aunque no vayas hacia él, él vendrá a tu encuentro, ¡debes sobrevivir!

—No, no.

—No hay tiempo para dudas. Shsss, ya vienen, túmbate.



 



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