29 junio 2012

XIPHIAS CAPÍTULO II POR GABRIEL GUERRERO GÓMEZ


Capítulo II

La estrella



“Si perdemos nuestra humildad de mente y espíritu, quebraremos el contacto de autenticidad que nos vincula con la realidad cotidiana, sufriendo tarde o temprano funestas consecuencias para nuestra supervivencia”. 

                                                              Noah Salek

(El sentido de la realidad conduce al sentido de la supervivencia).





En total, a primera vista, Löthar identificó a cinco hombres, aunque podían ser más. Al parecer les habían seguido desde la aldea. En un principio habían intentado ganarse a la joven con lisonjas y regalos, para después, ofrecer descaradamente dinero a su padre, hasta usar las amenazas y por último la violencia. Löthar observó la envergadura de aquellos hombres. Eran enormes, no parecían cazadores y parecían muy seguros de sí mismos. Centró su mirada en sus botas. Tampoco eran de cazadores, parecían más bien militares, y la dureza de sus semblantes hablaba de tipos muy, muy duros, acostumbrados a salirse con la suya. Los gritos resonaban en la planicie. Giró la cabeza buscando el consejo de su abuelo, pero éste ya había desaparecido como alma que lleva al diablo. Löthar dudó por un instante, hasta que reaccionó con resolución cargando y poniendo a punto su largo fusil—láser. Su mira telescópica seguía de derecha a izquierda los movimientos de aquellos hombres. Uno de ellos sacó un extraño puñal.

—Vamos mujer, no te hagas la estrecha —dijo rasgándole la camisa a la muchacha, que en vano luchaba desesperada.

—Acabad de una vez, este sitio no me gusta —les increpó otro de sus compañeros mientras hurgaba en las mercancías del levita—trineo.

Los otros dos se reían dando puntapies al anciano que gemía dolorido, y el último había entrado a la cabaña para prepararse un cómodo lugar donde pasar la noche.

Löthar comenzó a inquietarse. Su abuelo no aparecía por ningún lado y aquella gente se ponía cada vez más violenta. Comenzaron a pasarse una botella de licor de Chaney. Un vino muy caro para aquellas tierras. El tipo del puñal desnudó salvajemente a la muchacha, que tenía el rostro amoratado por los puñetazos. Alzó su puñal y sintió cómo un certero disparo le seccionaba de cuajo la mano. Éste comenzó a gritar y maldecir llamando la atención de sus camaradas, desentendiéndose de la muchacha.

— ¡Quietos! Poneos de rodillas. Eso es, muy despacio.

La voz de Aticus le sonó imperiosa incluso a Löthar.

Hablaba muy lento, muy claro y muy breve. Lo rápido de su reacción, la precisión de su disparo. Su silenciosa aparición sorprendió y alarmó a los extranjeros que, en vano, miraban sus armas a la búsqueda de una oportunidad.

Löthar no perdía detalle de ninguno de ellos. El hombre del extraño puñal enterró su muñón ensangrentado en la nieve.

—Coged y envolved mi mano en tela—plástica para el reimplante, ¡estúpidos! —gritó el hombre del puñal sin obtener respuesta.

En ese instante, cruzó el dintel de la cabaña el quinto extranjero, para ver qué sucedía. Otro certero disparo de Aticus en su muslo derecho lo derrumbó al suelo. Löthar se admiraba de la maestría de su abuelo. Con aquel limpio disparo no sólo evitaba perforarle ninguna arteria vital, sino que obligaba al resto de sus compañeros a trasladarlos, manteniéndoles las manos ocupadas sin perderlos de vista. La muchacha se vistió y socorrió a su padre.

—Erene, métete con tu padre en la cabaña —mandó Aticus.

La muchacha obedeció con presteza.

—Soltad las armas con mucho cuidado. Muy bien, eso es —ordenó Aticus con calma.

— ¡A qué esperáis, estúpidos! Sólo es uno y nosotros cinco —rugió el extranjero del puñal, enrabietado.

Aticus le disparó, seccionándole la otra mano. Un grito de dolor rasgó el frío aire, paralizando los cuerpos de los extranjeros. Uno de ellos habló con una frialdad que impresionó a Löthar.

– ¿Sabes, viejo, lo que te harán los nuestros cuando te encuentren? Porque créeme, te encontrarán.

—Lo sé —respondió Aticus con una calma que impactó en el ánimo de aquellos hombres.

— ¿Quién eres? Dame tu nombre —exigió el extranjero con autoridad.

—Eso poco importa. Iros, si queréis sobrevivir. Llevaos a vuestro camarada no tiene buena mano con las mujeres —ironizó Aticus.

—Volveremos, anciano, no lo dudes —amenazó el extranjero.

—Eso también lo sé —volvió a decir con aplomo Aticus.

—Vamos, tomad el levita—trineo. En marcha, larguémonos de aquí.

—Os iréis a pie —ordenó Aticus.

El extranjero lo miró con incredulidad.

—Estamos a más de cien kilómetros de la aldea más cercana, ¡moriremos!

—No, si apresuráis el paso. ¡A pie, he dicho!

El extranjero le lanzó una mirada preñada de odio y le dio la espalda, iniciando tambaleante la marcha con sus hombres. Un par de minutos más tarde, cuando Löthar se cercioró de que los extranjeros habían desaparecido. Su rastro era fácil de seguir por las manchas de sangre en la nieve. Bajó hacia la cabaña comprobando cómo su abuelo, en una actividad frenética, lo disponía todo para un largo viaje. Observó el extraño puñal recogido en la nieve: dos águilas de platino destacaban en su pomo. Era un arma magnífica, ligera y de fácil manejo. Löthar no había visto un arma así en su vida, pero la sensación de urgencia en los rasgos de su abuelo lo alarmó.

–Date prisa, volverán y esta vez no lo harán solos —apremió Aticus.

— ¿Qué puedo hacer, abuelo?

—Prepara el levita—trineo. Nos vamos al refugio.

—Erene, no te separes de tu padre ni un instante. Esa hemorragia parece que cede. Escúchame, harás exactamente lo que te diga. Dentro de tres días, el viejo Komuke, ¿sabes quién es? —preguntó Aticus.

—Sí, el trampero del río Curanti.

—Exacto. Irá a buscaros y os llevará a un lugar seguro, lejos de estas montañas. No volváis por aquí nunca más, os encontraremos otras tierras donde empezar de nuevo. Prométeme que harás lo que te he dicho —pidió Aticus tomándole ambas manos.

Erene le miró, asustada.

—Sé que siempre nos has apreciado a mí y a mi padre. Así lo haré, ¿y vosotros qué haréis?

—Desaparecer —aclaró Aticus comenzando a rociar con un líquido combustible cada esquina de la cabaña.

Löthar empezó a inquietarse. Su abuelo estaba siendo de lo más meticuloso. Siempre lo era, pero en esta ocasión había preocupación en sus ojos. Le siguió afuera y le ayudó a recolocar los pertrechos y a acomodar al viejo Mutaka. Por fortuna, dormía con una respiración regular. Aticus deslizó una bolsita en la mano de Erene antes de partir.

—¿Qué es esto?

—Es esencia del néctar de Vignis. Ayudará a tu padre a recuperarse con rapidez —explicó Aticus.

—Esto… esto debe valer una fortuna, Aticus. No puedo aceptarlo.

— ¿De qué sirve el dinero cuando puedes perder a un amigo? —razonó Aticus sonriente.

Erene le abrazó y comenzó a llorar, pero se rehízo con firmeza.

—Vamos, iros ya.

— ¿Te volveremos a ver? —preguntó Erene, insegura.

— ¿Quién sabe? Ahora iros. Que el poder de la vida os fortalezca siempre —despidió Aticus viendo cómo el levita—trineo tomaba velocidad por el sendero de la salida del valle—. ¡Vamos, Löthar, no tenemos tiempo que perder! –urgió mientras lanzaba una tea encendida al interior de la cabaña.

Pronto las llamas comenzaron a devorar cada recoveco de madera.

—Y ahora, ¿qué vamos a hacer, abuelo?

—Lo que ya he dicho, desaparecer —dijo Aticus preparando el equipo y las armas.

Sacó de su bolsillo una levito—cámara e insertó un mensaje con su teclado de pulsera, dejándola acto seguido flotar en busca de una dirección predeterminada. A Löthar no le cabía la menor duda de que era un mensaje para el trampero del río Curanti, el viejo Komuke.

Löthar echó un último vistazo a su espalda. Durante tres días con sus noches se adentraron en lo más profundo de las montañas, sin bajar la guardia ni un instante, sin encender ningún fuego, por rutas, accesos y escondrijos sólo conocidos por Aticus, borrando siempre las huellas, cualquier pista que los pudiera delatar.

Una noche, ocultos en una antigua caverna, Löthar sintió cómo Aticus le colocaba al cuello un collar con una espiralada estrella. Al contactar con su piel un destello azulado refulgió a su alrededor, apagándose al instante. El tatuaje del pecho de su abuelo era una réplica exacta de aquella estrella.

—Abuelo, ¿qué es esta estrella? —preguntó Löthar.

—Es la estrella de los Delphinasills, los antiguos guerreros del planeta Sillmarem —contestó Aticus.

— ¿Por qué la llevas tatuada?

—Algún día lo sabrás, Löthar. No te quites el collar bajo ningún concepto porque con él escogerás tu destino —le ordenó enigmáticamente Aticus volviéndose a dormir.


Disfrutad con la lectura.  


 



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