26 junio 2012

XIPHIAS CAPÍTULO I POR GABRIEL GUERRERO GÓMEZ



Capítulo I


Aticus

“Históricamente siempre se ha asociado el concepto de civilización al conjunto de logros, conocimientos y costumbres de un pueblo y su cultura. En realidad, esto es solo una mínima parte. El verdadero concepto y significado de la palabra civilización debería ser la capacidad que posee un pueblo para solventar cualquier conflicto o diferencia mediante la comunicación y el diálogo, transmitiendo sus valores con el ejemplo”.

Noah Salek
(Reflexiones sobre la convivencia pacífica).

—No.

La palabra fue pronunciada con un tono de voz tan bajo, que de no ser por las largas jornadas que el joven Löthar Lakota había pasado de caza con su abuelo, Aticus, no lo hubiese captado.

Permanecían quietos, con la respiración regulada al mínimo, sus miradas fijas al frente, sus cuerpos ocultos por el blanco camuflaje de sus abrigos de pieles, perfectamente adaptados para las bajas temperaturas y alejándolos de la vista de cualquier intruso en varios kilómetros a la redonda. A no muchos metros de sus miras telescópicas, el joven Löthar tenía perfectamente enfocado a un enorme ciervo blanco de las nieves, con la cornamenta más grande que había visto en su vida. Desde luego, era un hermoso ejemplar. Una cálida corona de destellos anunciaba un nuevo día en las montañas del frío norte, en el planeta Herakliontes. Löthar comenzó a acariciar con suavidad el gatillo de su arma. De ello dependía su supervivencia. En las impenetrables cordilleras blancas, si fallabas, no cazabas, no comías, no sobrevivías.

Con un pequeño gesto, su abuelo le invitó a abatir la pieza. Löthar estaba seguro de su blanco, sabía que era en verdad complicado fallar un disparo tan fácil. No obstante, por un fugaz parpadeó se contuvo. Una impactante áurea de luz amarilla circundó al hermoso animal, enmarcándolo en un majestuoso paisaje de brillantes cúpulas nevadas recién encendidas. Era tanta la belleza repentina en aquel lugar tan inhóspito para el hombre, que a Löthar se le cortó la respiración, maravillado. Algo en su interior brotó, haciéndole errar el disparo. El zumbido se apagó en la lejanía, espantando a su presa.

Löthar se agitó, aturdido, evitando cruzar su mirada con la de su abuelo. Éste se alzó, echó un último vistazo al horizonte y tomó el sinuoso sendero que los conducía de regreso a la cabaña.

Unos metros más adelante, su abuelo rompió el silencio con un seco comentario:

— ¿Por qué lo dejaste escapar? Era un buen tiro.
—Fallé, abuelo –tartamudeó, no muy convencido, Löthar.

—No. Lo dejaste escapar. Dime el motivo —insistió Aticus.

—No lo sé, abuelo —Löthar se pasó la manga por la frente.

— ¿No lo sabes, o no lo quieres ver? ¡Tu supervivencia depende de ello! —le reprochó su abuelo con severidad.

Por un momento, ni el mismo Löthar supo qué palabras usar para definirlo.

— ¡Suéltalo de una vez, muchacho! —le exigió su abuelo.

—Pensé que era algo demasiado bello para matarlo —explicó Löthar, avergonzado.

Su abuelo le miró con fijeza por un instante que a Löthar se le hizo eterno.

—Entiendo —susurró Aticus en voz baja —. Valorar la belleza no quita que cumplas con tus necesidades básicas de supervivencia. Ambos formáis parte de un círculo mayor, el círculo de la vida. Lo que haces, lo haces por necesidad. Tú y tu presa tenéis una función —explicó Aticus.

— ¿Cuál, abuelo?

—La transmisión de la vida. Esa presa, con su sacrificio perpetúa la tuya transmitiéndote su energía material. Cuando tú mueras la tierra recibirá la tuya. Las plantas, los animales la volverán a recuperar, pero con una diferencia… —matizó Aticus mientras revisaba su arma.

— ¿Cuál?

—Tú ya formarás parte de ellos como ellos la han formado de ti. Así es la unión de todas las cosas. La unión de la vida —explicó Aticus con serenidad.

—No te entiendo, abuelo.

—Claro que me entiendes. Por eso no lo mataste, porque respetabas y valorabas la belleza de su vida —razonó Aticus—. Es algo que has ido aprendiendo desde que llegaste a Heraklion siendo niño.

—Siento haberte defraudado.

—En absoluto. Existe un mundo donde el respeto a toda forma de vida es su razón de ser.

— ¿Te refieres a Sillmarem?

—Exacto.

—Pero tú nunca me hablas de ellos —le reprochó Löthar.

—En su momento hallarás las respuestas a todas tus preguntas —dijo evasivamente el anciano.

— ¿Por qué he de esperar? ¿Por qué me ignoras cuando te pregunto algo? — se revolvió Löthar—. ¡Nunca me respondes!

— ¿Por qué crees que estás aquí en este planeta en este preciso instante? —le preguntó Aticus, encarándose a su nieto con severidad.

 El chico crecía y, como consecuencia, comenzaba a exigir respuestas. Lo cual le parecía lógico ya que en breve dejaría todo atisbo de su infancia. Aticus se obligó a no ser demasiado estricto con el muchacho o lo debilitaría, y lo necesitaba intacto, sin temores ni oscuras confusiones inútiles.

—No lo sé… en más de una ocasión me lo he preguntado —confesó Löthar pensativo.

— ¿Qué has aprendido aquí? En este mundo tan extremo.

—De sobra lo sabes. Me has enseñado a sobrevivir, a valerme por mí mismo, a ser independiente y autosuficiente en las condiciones más adversas, cosa que te he demostrado en más de una ocasión.

— ¡La supervivencia se guía por la necesidad, no por la demostración! —le censuró Aticus.

—Pero… —Löthar se agitó inquieto, apretaba con fuerza su arma.

—Dime, ¿qué te he enseñado? —le preguntó con severidad Aticus una vez más.

Löthar por primera vez en su vida vio con otros ojos a su abuelo y se asustó.

—Si no respetas a la naturaleza, ésta no te respetará a ti y condenarás tu supervivencia —explicó Löthar.

— ¡Despierta! Puedes hacerlo mejor. Dime, ¿qué te he enseñado aquí durante estos años? —inquirió implacable.

—A saber quién soy, cómo soy, cuáles son mis puntos fuertes y débiles, a juzgar por lo que uno posee en su mente y en su corazón y cómo lo usa en su vida cotidiana —trató de explicar Löthar.

—Esto, sin un noble propósito, no sirve para nada. En su momento deberás decidir qué hacer con lo que se te ha dado. Podrás escoger con libertad. Tomes la decisión que tomes, nadie te reprochará nada. En su momento, irás en busca de tu destino —aseguró Aticus dándole la espalda.

Tantos años de duro adiestramiento físico, psíquico, espiritual, de sólida formación militar, de conocimientos que sólo estaban al alcance de unos pocos como le había advertido su abuelo en más de una ocasión, adquirirían su significado, pero, ¿cuál? ¿Cuál era ese enigmático destino? ¿Justificaba ello toda una infancia de severa disciplina, entrenamiento y preparación en las condiciones más duras? No lo sabía y necesitaba saberlo.

Levantó la mirada y observó cómo el largo y fibroso cuerpo de su abuelo ya le sacaba una ventaja considerable. Aceleró el paso procurando limpiar su rastro. Para su sorpresa, su abuelo se tumbó cerca del barranco colindante con la cabaña del viejo Mutaka, el leñador. Aticus se giró y le hizo una discreta seña. Löthar se echó cuerpo a tierra y se acercó gateando pendiente abajo hasta su lado. Una inesperada escena se desarrollaba ante sus asombrados ojos. Al parecer, el viejo leñador había regresado de la aldea tras vender algunas de sus pieles, llevando en un levita—trineo de las nieves algunas mercancías, comida, nuevas cargas de munición, ropa y medicamentos. Su hija, que nunca se separaba de él, forcejeaba en vano con un enorme desconocido; el viejo Mutaka estaba desangrándose sobre la nieve. Había sido salvajemente golpeado en la cabeza.



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