14 marzo 2011

SHINDAY CAPÍTULO X

X
VIGILANTES

“No existe un edén terrenal comparable a la paz de conciencia y espíritu”.
Stephan Seberg.

(Diario de guerra)

 
Traducido del antiguo jeropto, un Hiberion era un jinete de lava o un señor del silencio. Siempre seguido muy cerca por su fiel Mutan-Tay, Stephan Seberg podía sentir cómo los guerreros Hiberiones caminaban por los pasadizos colindantes. Aun siendo tan silenciosos, no eran lo suficiente como para pasar desapercibidos para el agudo oído de un guerrero Shinday.

Un juego de té portado por un enorme guerrero fue colocado sobre una mesilla de madera con enroscadas talladuras de animales en sus patas. Avanzando por el pasillo, vio que sus paredes, pese a la tosquedad de sus materiales, estaban primorosamente cinceladas con símbolos hiberiones. No solo era una expresión de su cultura, sino una declaración de su existencia. El penetrante aroma del té recién hecho asaltó su olfato. Estaban en el corazón del territorio Hiberion, en el planeta Andriapolis-Alpha. Alguien le invitó a pasar a una estancia cubierta de cojines y alfombras donde un gran tapiz mostraba a un enorme guerrero de fuego volcánico. Una figura les invitó a sentarse, con amabilidad, mientras comenzaba a servirles el té en dos tazas.

-Te quedo muy agradecido por tu hospitalidad, querido amigo, y doblemente, puesto que en su día también diste cobijo y protección a una Sillmarem, Rebecca -dijo Stephan observando los tatuajes de Sunas.

Mutan-Tay se sentó a su lado inclinando, en silencio, la cabeza.

-Siempre sois bienvenido, tanto en cuanto tenemos un enemigo común, el Imperio de las dos águilas de platino. Rebecca aceptó coger bajo su protección a Siava, no olvidó cumplir su promesa de ayuda -dijo Sunas con su turbante negro y escarlata, bajo la luz de las aromáticas velas de Indha.

Mutan-Tay pudo ver que Sunas portaba discretas fundas con puñales tanto en las bocamangas como en sus botas.

-Me alegra oír tus palabras, me consta que Siava vive feliz en los mares de Sillmarem -dijo Stephan.

Sunas asintió ofreciéndole una taza, sosteniendo su parte inferior con la palma de la mano.

-Es un gran honor para mí recibir al Gran Munjat de las tribus Rebelis. Dime Asey, ¿qué puede ofrecerte un humilde Hiberion? -preguntó Sunas con astucia, estudiando las reacciones de Mutan-Tay y de Asey.

-Vengo a ofrecerte una alianza. Alguien en las sombras pretende adueñarse del trono de las dos águilas de platino para traernos una nueva guerra, alguien que quiere hacer que el Imperio vuelva a ser tan temible y oscuro como lo fue en el pasado –explicó, tomando un sorbo, Stephan.

-¿Quién perturba tu paz de tal manera? ¿Quién te hace venir hasta aquí para solicitarme una alianza? -preguntó Sunas, con curiosidad.

-El Conde Alexander Von Hassler.

-¿El Señor de Ekaton?

-Así es, el sobrino del difunto Imperator -dijo Stephan sintiendo el calor de su taza en las manos.

-Pero el Imperio ahora está regentado por Rebecca -razonó Sunas, pensativo.

-No por mucho tiempo. El Señor de Ekaton se dispone a asestar su golpe desde la sombra, y será un golpe brutal, es mucho más peligroso que su tío.

Poco imaginaba Stephan que mientras él charlaba con Sunas sobre lo peligroso que era el Conde, éste se encontraba en su nave, de regreso a Thanos, y que junto a él viajaba el Libro Oscuro, los ingredientes del elixir de Vitava y su nieto, el heredero al trono de Sillmarem.

-Nosotros sólo somos comerciantes y cazadores, nuestra aportación a tu causa, me temo que será insignificante -dijo Sunas, tratando de comprender la petición de Asey.

-Mis guerreros Shinday y la totalidad de los clanes Rebelis se están preparando para la gran guerra que se avecina, junto a los Sillmarem, los Homofel, los planetas de la Interfederación y cualquiera que quiera unirse a nuestra causa. Solo estando unidos podremos sobrevivir.

-Me hablas de una guerra que aún no existe.

-Si nos unimos, podemos hacerles frente –se obstinó Stephan-. Únicamente digo que debemos estar preparados.

-El Señor de las Walkirias imperiales no posee la suficiente fuerza como para comenzar una guerra de semejantes características -objetó Sunas.

-Creo que ha hecho un pacto con una raza de más allá de las Tierras Vírgenes, los Koperian, son muy numerosos.

-Nada conozco sobre esa extraña raza, pero si son de más allá de las Tierras Vírgenes, quizás los exploradores Triterian de Ankorak puedan decirte algo.

-Nika Corintian es un Triterian y no tiene mucha información sobre ellos -explicó Stephan, bajando la cabeza al tomar otro sorbo de su taza.

-Puede que en Ankorak sepan algo más, algunos Triterian son excelentes exploradores.

-Esa es mi intención, por eso Ankorak es mi próximo destino.

-De todos modos, ¿por qué motivo se iban a aliar con el Conde? –inquirió Sunas con curiosidad.

-Lo ignoro.

-Entonces, todo de lo que me hablas son suposiciones y no certezas, ¿verdad?

-Sé que parece una locura, pero si tuviera certezas mi modo de actuar habría sido otro. Sunas, debes entender que todavía hay una posibilidad si neutralizamos al Conde, él será el causante de esta guerra. Es el causante de esta maldita pesadilla, una pesadilla que arrasará civilizaciones enteras. No trato de convencerte, sólo te estoy advirtiendo de lo que se nos viene encima. Ojalá me equivoque.

-El difunto Imperator lo intentó y fue derrotado, bien lo sabes. ¿Por qué piensas que el Conde triunfará donde otros han fracasado? Si he de arriesgar la vida de mis hombres, quiero que haya un motivo para ello.

-¿Nunca has tenido un presentimiento oscuro? ¿Nunca has sabido que la muerte se acercaba sigilosa para llevarse consigo la vida de muchos inocentes? Ambos sabemos que el Imperio ha sido durante siglos el heraldo de la muerte de nuestros pueblos, y solo durante los últimos años hemos tenido algo de paz. Únicamente deseo que esa paz no sea quebrada. No podemos permitir que el Imperio y su fuerza destructiva vuelvan a resurgir arrastrándonos a todos con ella. Hemos de luchar para conservar la paz –dijo Stephan con gran determinación-. Me gustaría poder ser más concreto, pero no puedo.

Sunas se quedó pensativo unos segundos, analizando las palabras del Gran Munjat Rebelis, y comprendiendo su temor.

-La verdad es que sería bueno poder conservar la paz. No quiero que los niños de mi pueblo crezcan con miedo al sometimiento imperial. Quiero que para ellos la guerra sea un cuento de viejos, y que puedan disfrutar de una paz que nosotros no hemos tenido. Sea pues, aunque parezca extraño, lucharemos en la guerra para alcanzar la paz –dijo Sunas, sonriente.

-Gracias –respondió inclinando la cabeza.

-Puede que los Itsos sepan algo sobre esos guerreros. Quizás Ramsés o su hija Alexia puedan ayudarnos, aunque hace tiempo que nada sé de su paradero.

-Tendremos que intentarlo.

-Haré lo posible por contactar con Ramsés.

-Gracias a los Itsos pudimos vencer al Imperator en la batalla crepuscular, pero apenas tuve la oportunidad de conocerlos, son muy celosos de su intimidad. También hablé con Rebecca, pero ella no sabe cómo contactar con ellos, son siempre los Itsos los que contactan con ella, decidiendo cuándo y dónde.

-Existen muchas leyendas sobre los Itsos, hay un lugar en las tierras del norte de Andriapolis-Alpha donde aseguran haberlos visto, pero son sólo leyendas -afirmó Sunas acariciándose la barba, pensativo.

-Yo creía que los Koperian también lo eran hasta que alguien me afirmó haberlos visto. Muchas leyendas tienen bastante de verdad.

-Eso es cierto, de todos modos, aunque sepáis quiénes son, ¿cómo pensáis vencerles? -preguntó Sunas.

-Enfrentándonos a ellos en su terreno.

-Si lográis acercaros primero, naturalmente.

-Naturalmente -dijo Stephan con resolución.

-Entonces está decidido, lucharemos con vosotros, aunque sea por última vez. Antes eso que la esclavitud. Vamos a necesitar medios, transportes para ocultar a nuestras familias, dinero y armas. Somos un pueblo pobre.

-Nosotros también, pero descuida, compartiremos nuestra pobreza con vosotros. Por fortuna, el Imperio siempre nos provee de lo necesario para estas lides -dijo Stephan con ironía.

Sunas comprendió. Los asaltos a transportes de mercancías y depósitos imperiales por parte de los Rebelis no eran sólo meros rumores.

-Puede que logremos salvar el futuro para nuestros hijos -dijo Stephan-. Los que hemos vivido con los Sillmarem creemos que al final del camino, lo más importante no son los logros personales, sino quién nos ama. Cuando uno camina por la vida solo, suele recordar las personas que ha tratado tanto para bien como para mal, y al final, lo que de verdad importa es lo que has amado. Esa es nuestra forma de vida y estamos agradecidos por ella.

-Respeto la sabiduría de vuestro pueblo, ojalá encontremos mejores tiempos para disfrutarla.

-Es en los momentos de incertidumbre cuando se pone a prueba nuestra fe y valor -añadió Stephan con convicción.

-Cierto. Ordenaré los preparativos, reuniré tantos guerreros como pueda. Nuestra libertad es nuestro bien más preciado.

-Lo sé, al igual que la de mi pueblo. Aguardarás con tus hombres hasta mi llamada, evita toda confrontación hasta entonces -pidió Stephan.

-A veces la paz parece algo… muy lejano, casi imposible de alcanzar y conservar. Es triste que sea algo tan escurridizo.

-La Historia es, lamentablemente, una interminable lucha.

-En mi pueblo creemos que los hombres tienen el deber de aprender de los niños a la hora de resolver sus diferencias, deben saber perdonar.

-Tu pueblo es tan valiente como sabio, Sunas.

-La sabiduría es válida para cualquier ser humano, de lo contrario…

-Seriamos máquinas -concluyó Stephan.

-Necesitaremos toda la ayuda posible.

-Es lo que estoy buscando, por eso voy a Ankorak.

-Espero que seamos suficientes.

-Yo también.

-Tendrá que valernos si no queremos terminar siendo Drolavos -dijo Sunas.

Los Drolavos eran dependientes hasta la locura. Se les administraba una sustancia que les convertía en títeres, y para poder obtener su dosis diaria, debían someterse totalmente a la voluntad de sus amos, soportando, claro está, vejaciones y maltratos hasta su muerte. Triste destino para cualquier hombre libre, pensó Sunas.

-Tu hospitalidad es tan grande como tu amistad, Sunas, gracias. Mi mente es tu mente, mi corazón es tu corazón.

-Estaremos en contacto.

-Estad siempre vigilantes, yo debo partir lo antes posible -dijo Stephan inclinándose.

Sunas indicó a uno de sus guerreros que acompañara hasta la salida a Stephan. Mutan-Tay envió un mensaje; las moto-jets con sus guerreros Shinday los recogerían en no mucho tiempo. A Stephan no le pasó desapercibido cómo varios mensajeros Hiberiones partían en distintas direcciones. Sunas no perdía el tiempo en absoluto, aunque en un principio se había mostrado reticente a los requerimientos de Stephan, ya que un pueblo como el suyo, acostumbrado a vivir con lo indispensable, evitaba en la medida de lo posible meterse en ningún tipo de conflicto. Por desgracia, en esos momentos, ni siquiera tal prudencia era útil frente a la desmedida ambición del Conde. ¿De qué te sirven tantos logros del conocimiento si con ellos pierdes o quitas la libertad? ¿De qué te sirven si no sabes convivir con tus semejantes? pensó Stephan abrochando los cierres de su capa, sintiendo el frío de la noche. Mutan-Tay se acercó a su lado.

-Asey, he recopilado toda la información de las señales recibidas de Ekaton.

-¿Y? –preguntó Stephan, intrigado.

-Están en un recinto de grandes dimensiones, y por su localización, si no es el palacio de Thanos, debe estar muy cerca. Estamos componiendo la distribución, pero una cosa es segura –explicó Mutan-Tay.

-¿Qué?

-Que todavía siguen vivos. Puede que estén esperando su momento –dijo Mutan-Tay con una sonrisa de esperanza en su rostro.

-Eso es fantástico, Mutan-Tay.

-¿En verdad crees que los Triterian de Ankorak podrán ofrecernos alguna información?

-No lo sé, Mutan-Tay, en verdad que no lo sé -terminó por decir Stephan, perdiendo su mirada en la oscuridad de la noche.





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