21 febrero 2011

SHINDAY CAPÍTULO VII

VII
EL ÚLTIMO BALUARTE

 
“Las distintas formas de gobierno a través de la Historia, cualesquiera que fuesen sus fines, nobles o mezquinos, tenían una misma finalidad, el control. El control del ser humano, de cómo piensa, siente y vive, y si representa un beneficio o una amenaza para el sistema. Yo sólo me limito a hacer libremente y sin tapujos lo que antaño se justificaba en pro de la humanidad, ¿Veis cuán absurdo es el hombre y su estúpida aspiración de libertad?”.

Conde Alexander Von Hassler.
(El noble arte de gobernar)

 
-Estamos muertos -susurró Atsany.

-Van a disparar -dijo por lo bajo un guerrero Shinday.

-Serenaos, no perdamos el control -ordenó Onistaye en voz muy baja.

-Acelera, salgamos de aquí -murmuró Atsany.

-Si aceleramos, estamos perdidos.

-Ya estamos perdidos.

-Quieto, maldita sea, o seré yo el que te mate, Atsany -dijo Onistaye con voz mortalmente fría.

-Aquí viene -advirtió otro guerrero Shinday.

El oficial se les aproximó de nuevo, miró fijamente a Onistaye, y con una ligera inclinación de cabeza devolvió la holotarjeta de identificación junto al salvoconducto. La cartuchera de su arma aún permanecía desabrochada.

-¿Todo en regla? -preguntó Onistaye con calma.

-Está bien, podéis continuar, conductor. Si queréis os puedo asignar una escolta de señalización -dijo señalando a un par de moto-jets que se interponían a ambos lados de la vía.

-No es necesario oficial, pero gracias de todos modos. Conduciremos con cautela –dijo, esbozando una sonrisa, Onistaye.

-Como gustéis. Vuestro vehículo no sobrepasa el límite de peso por muy poco. Estad más atentos o la próxima vez os abriremos un expediente de sanción. Bien, adelante.

-Así lo haré, oficial.

El oficial levantó la cabeza e hizo un breve gesto. El mini-cañón de la torreta se desvió bruscamente, emitiendo un agudo chirrido metálico. A continuación, dio la orden de desconectar la barrera de protección, y la valla de acceso se abrió. El tráiler retomó la marcha, y el oficial se encargó del siguiente vehículo mientras ellos se mezclaban con el tráfico de las afueras de Thanos, por una de las autovías de superficie.

Al tiempo que se alejaban, Atsany vio de reojo, colgado de la cintura del oficial, un intercol, un collarín fabricado para interrogar a los prisioneros que tenía incorporado una microsonda capaz de descifrar las ondas cerebrales. Un diabólico invento, pensó.

-Por un momento, creí que íbamos a morir -dijo Atsany más aliviado, desabrochándose el cuello de la camisa.

Sentía que le faltaba el aire, parecía como si la temperatura de la cabina hubiera subido en pocos minutos. El aire del interior estaba viciado y Atsany conectó los canales de ventilación. Esto ya es otra cosa, pensó.

-Ha faltado poco -dijo Onistaye.

-Muy poco.

-Esta misión es una maldita locura.

-Piensa en las vidas que vamos a salvar -dijo Onistaye muy seguro de sí mismo.

-Hemos logrado entrar, pero puede que no logremos salir -dijo Atsany moviendo negativamente su dedo índice.

Un Rebelis tragó saliva nervioso, girando su rostro hacia la ventana ovalada de su portezuela. Atsany agitó sus hombros, inquieto.

-Y ahora, ¿qué vamos a hacer?

-Penetraremos en los muelles de carga y nos haremos con algunos contenedores precintados para el transporte especial de plantas.

-¿Y eso para qué? -preguntó Atsany, perplejo.

-Para hacernos pasar por vegetales. Usaremos nuestras mantas de camuflaje. Ocultarán nuestro calor corporal, y los escáneres nos señalarán como plantas.

-¿Y cómo…?

-Por los invernaderos. El palacio de Thanos es muy famoso por la grandiosidad de sus jardines. Nos mezclaremos con la gente de mantenimiento.

-Pero ellos tendrán sus propios códigos -interrumpió Atsany.

-Los copiaremos. Y ya basta de preguntas -cortó Onistaye.

-Los arcos de seguridad…

-Al descargar los contenedores aprovecharemos para introducirnos con las plantas y el material de mantenimiento.

-¿Quieres decir que entraremos con el estiércol y todo eso? -preguntó Atsany.

-Lo sé, la cosa huele mal, pero…

-El deber es el deber -dijo Atsany.

-Esto es una mierda –añadió otro guerrero.

-Nunca mejor dicho –dijo Onistaye sonriendo.

Horas más tarde, los guerreros Shindays, ataviados con sus mantos de camuflaje, se ocultaban espalda contra columna en uno de los niveles de abastecimiento de los invernaderos. Se separaron en grupos de dos y, poco a poco, fueron superando niveles, rastreando el paradero del Conde. De no ser localizado, aguardarían como un dispositivo de relojería preparado para actuar en el momento oportuno.

Tres noches más tarde, cerca de los jardines superiores, no muy lejos del salón de audiencias del palacio de Thanos, el Conde Alexander Von Hassler paseaba con su habitual despreocupación, escoltado por sus inseparables panteras dientes de sable. De vez en cuando, Calígula y Nerón husmeaban con curiosidad algún insecto para zampárselo al menor descuido. El Conde tarareaba una estrofa de la rapsodia número dos de Listz. Todo el mundo sabía cuán apasionado y excéntrico era el Conde con la música de los antiguos.

Inspeccionó los últimos arreglos florales hechos por sus jardineros y, satisfecho, prosiguió camino tomando un sorbo de exquisito vino de Indha. La copa de cristal destelló bajo el brillo de una radiante luna llena; algo distrajo a sus mascotas, rezagándolas unos metros; un roedor se cruzó despertando el instinto de caza de las panteras. El Conde sonrió.

-Sois incorregibles -susurró.

Le pareció ver una sombra unos metros más adelante; percibió el particular roce de ropas contra el ramaje a su espalda; algo se había enganchado en las espinas de sus rosales. El Conde, extrañado, pero en absoluto alarmado, se llevó la copa a los labios, y no había terminado de beber, cuando un brusco movimiento le avisó de la presencia de una encapuchada y alta figura tras él.

A través de las ramas, captó cómo una enorme mancha oscura se le abalanzaba con mortal agilidad, logrando agarrarlo con fuerza por la muñeca en mitad de la terraza. El Conde estuvo a punto de atragantarse, su corazón se desbocó por el sobresalto, pero mantuvo la serenidad, evitando que el pánico bloqueara sus facultades mentales y su capacidad de reacción. Muy lejos de lo que sus asaltantes podían imaginar, el Conde en nada se parecía al prototipo de acomodado noble del Imperio. Era un luchador experto, curtido en el frente en más de una ocasión. El Shinday fue a clavar su puñal en el cuello del Conde; éste lo desvió con su copa, echándole el vino al rostro. El encapuchado retrocedió al tiempo que el Conde le aplicaba un efectivo golpe directo al cuello que le permitió ganar tiempo y desasirse, con una fuerza nacida de la desesperación. Comenzó a retirarse, pero el encapuchado, con una mano como un garfio, le sujetó de un hombro. El Conde, con técnica y potencia conjuntadas a partes iguales, los nervios en tensión máxima, y una concentración que desechaba el miedo, sujetó al encapuchado utilizando el peso y fuerza del mismo, desplazándolo con una llave contra el suelo en un movimiento de tres partes: entrada, proyección y caída. Oyéndose finalmente el crujido de una espalda rota. Jadeante y furioso, sacó un puñal de su manga, rastreando a más posibles atacantes. Estaba tan perplejo de tamaña osadía que apenas podía creerlo. Atacarle a él, ¡Él! El Conde Alexander Von Hassler, y además hacerlo en su planeta, en su ciudad, en su maldito palacio. No pudo por menos que admirar el valor de aquel hombre.

Iba a Arrancar milímetro a milímetro la piel de todos los encargados de puesto de guardia que habían sido burlados con total desfachatez. Usó el intercom y avisó a Mesala, quería averiguar quién era, de dónde venía, cómo había entrado, y quién le mandaba. Una fría furia comenzó a recorrer sus venas y se juró a sí mismo que aquella sería la última vez que tendría que temer perder la vida como un vulgar mortal.

A la mañana siguiente, Onistaye y el resto de guerreros Shindays, incluido Atsany, permanecían rígidos y mirando al frente. Los habían atrapado con fulmínea rapidez; ni siquiera habían podido quitarse la vida para evitar el suplicio de la tortura. El Conde, hábilmente, había conectado los esparcidores de gas somnífero instalados en los recintos interiores, y todos habían perdido el conocimiento en cuestión de segundos.

Para su sorpresa, se hallaban encapsulados en lo que parecía ser una especie de sarcófago decorativo. No se podían mover ni hablar, sólo ver, oír y respirar. El Conde, profundo conocedor de las costumbres Rebelis, sabía que no había nada que doliese más a un Shinday que no poder correr y disfrutar de la libertad de los bosques. Les había administrado un derivado extraído del veneno de un pez de los mares del sur de Thanos, que tenía la propiedad de mantenerlos vivos pero paralizados, siendo conscientes de todo, a la vez que prisioneros de sus propios cuerpos. La sutileza del Conde comenzó a despertar su miedo y su deseo por obtener una muerte rápida. El Conde los mantendría vivos con mecanismos artificiales y siempre conscientes de lo que sucedía a su alrededor; una vida sin vida, una muerte sin muerte. Cual estatuas, los había situado a su alrededor mientras desayunaba con Mesala y daba un trozo de carne una de sus mascotas; los rayos de una luminosa y fresca mañana penetraban en su comedor mientras canturreaba alegre.

-Bien, mi buen Mesala, estoy satisfecho con tu informe sobre nuestro reciente e inesperado incidente de anoche. Al parecer, nuestro querido Asey se ha adelantado a mis intenciones. Es más audaz de lo que yo creía. Voy a tener que darle un correctivo.

-Como deseéis, Sire. Las Walkirias ya están trabajando en ello -dijo Mesala, sonriente.

-No esperaba menos de ti. En cuanto a vosotros… -dijo el Conde mirando con fijeza al rostro de Onistaye y al de Atsany.

A su alrededor, los sarcófagos habían sido dispuestos como parte del mobiliario, como un objeto decorativo más.

-En cuanto a vosotros, pensé por un momento en daros como pasto a los tecnoparásitos, pero prefiero que me acompañéis cada mañana de cada día, como recordatorio de que aún sigo siendo humano, y por lo tanto mortal, aunque eso sea por poco tiempo.

Mesala esbozó una sonrisa.

-Escuchadme bien, jóvenes guerreros. En vuestra cultura se os ha enseñado el horror a morir sin honor. Pues bien, yo os enseñaré el horror de vivir con miedo. Cada día del resto de vuestras vidas, veréis, oleréis y escuchareis los placeres de la vida, pero jamás, oídme bien, jamás los volveréis a disfrutar ni a sentir ni a saborear. Veréis las mujeres más bellas, las comidas más fastuosas, los lujos más refinados, y os limitareis a… nada. No seréis nada, solo vegetales conscientes de una incapacidad eterna. Comprobareis cómo primero os arranco vuestra libertad, vuestra carne, vuestra alma, y por último vuestra cordura. Éste es el precio que habréis de pagar por atentar contra mi vida. Y ahora, Mesala por favor, pásame la sal -dijo el Conde retomando su desayuno con normalidad.

Por las pupilas de Atsany, Onistaye y el resto de guerreros, asomó un grito de horror que nadie escucharía jamás.



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