VI
THANOS
“Es en tu fragilidad donde hallarás tus más grandes logros”.
Dhalsem Thagore.
(Por la senda de la perfección)
Al entrar en Thanos, pronto divisaron una extensa acumulación de naves y cargueros imperiales; ordenadas patrullas de Walkirias imperiales merodeaban por cada esquina. Onistaye observó, sorprendido, la tremenda concentración de tropas en los muelles de embarque. Levita-blindados de triple cañón, carros-ariete de asalto, tanquetas con turbo-láser… en definitiva, una frenética actividad bullía en los hangares. Las refulgentes estelas de la llegada y salida de transportes eran incesantes. Estaban perplejos por aquel dispositivo militar preparado para entrar en acción en cualquier momento. Una riada de torretas anti-g, fuertemente protegidas con arcos energéticos, y circundados a su vez por levito-minas, desfilaba ante ellos formando concéntricos cinturones de seguridad y chequeo. Hábilmente disimulados entre las plantas, podían adivinarse los dispositivos de seguridad, armas láser de largo alcance.
Su levito-trailer avanzaba despacio. Caras danzantes de todo tipo y forma asomaban fugazmente por las ventanillas, para escaparse instantes después con indiferencia, siendo apenas retenidas sus imágenes en la memoria de Atsany. Uniformes marciales, rostros rígidos y concentrados.
-Ya estamos llegando al último control -dijo Onistaye. -¿Cómo superaremos las defensas de la fortaleza del Conde? -preguntó Atsany.
-Como vegetales -respondió enigmáticamente, Onistaye.
-¿Cómo…?
-Lo sabrás en su momento.
Atsany usó un analizador molecular.
–Muchas de estas gentes son Androkazes -susurró.
-Sí, pero fíjate, a ninguno le permiten entrar en las instalaciones del interior. El Conde no quiere arriesgarse a morir saltando por los aires, es una pieza de cuidado -dijo Onistaye.
-No veo civiles por ningún lado.
-Ha acorazado el planeta entero.
Bueno, ya estamos aquí. Salir será otra cosa, pensó Onistaye expulsando de golpe todos sus temores. Atsany estornudó a su lado; los pechos del resto de Rebelis se irguieron con tensión. Al final del carril pudieron distinguir las uniformadas siluetas de un nutrido grupo de centinelas cortando el camino.
-Atención, puesto de control -advirtió Atsany.
-Deben tener los accesos vigilados para prevenir infiltraciones.
Un guerrero Shinday se inclinó para escuchar con más detalle la conversación de Onistaye y el puesto de control.
-Reduzcan la velocidad de su vehículo e identifíquense para una inspección -ordenó una dura voz por el intercom.
Onistaye hizo una seña a Atsany, advirtiendo al resto de sus hombres de no romper para nada el silencio. Onistaye fue aminorando la marcha del levito-trailer con cuidado.
-¿Por qué tantos controles de seguridad? -preguntó Atsany por lo bajo.
-No quieren que se sepa qué se cuece en el interior -señaló Onistaye, intrigado.
-Me siento como un ratón husmeando en la boca del gato.
-Yo no lo habría descrito mejor -apostilló Onistaye.
Atsany lanzó una evaluativa ojeada a las esféricas casetas de vigilancia enterradas en el suelo. Estaban repletas de armas y equipadas con multitud de sensores y rastreadores. Ovo-plataformas a suspensor con sendos disparadores láser, les vigilaban desde distintos ángulos. Un solo descuido, y los freirían al instante.
-Ocultan algo importante -dijo Atsany señalando con el dedo a un cielo atestado de pequeñas y densas bolsas esparcidas de minas flotantes de defensa pasiva, cerrando un completo perímetro de seguridad aérea. Sólo permanecían despejadas las vías de acceso a la capital para los escuadrones militares compuestos por cazas de pequeño tamaño.
-Debe ser algo muy, muy importante.
Atsany asintió en silencio.
-Cuando usen los identificadores de ADN… -dijo Atsany.
-Llevamos implantados distorsionadores-lectores. Usaremos su propia base de datos para obtener nuestras señas de ADN. Es algo que no se esperan.
-Eso espero -añadió Atsany ocultando su temor.
-Preparaos y no hagáis ningún ruido.
Atsany parpadeó nervioso; Onistaye notó cómo el pulso se le aceleraba; su levito-trailer se detuvo frente al puesto de control, entre tanto, otros transportes y deslizadores de carga proseguían monótonamente su recorrido. Un guardia uniformado de negro, con un círculo rodeando una K plateada como escudo en su pecho izquierdo, armado con un rifle de largo alcance, se les acercó con paso autosuficiente, alzando a un mismo tiempo la mano a la altura de la visera, con un marcial saludo. Las negras pupilas de Atsany pudieron identificar los dorados galones de capitán en su cuello y hombros.
Onistaye oprimió un botón, y la ventanilla se bajó; asomó la cabeza e intercambió, sonriente, varias palabras en spangle, entregándole acto seguido una holotarjeta de identificación y un salvoconducto de acceso. El oficial, después de estudiar los documentos con especial cuidado, alzó los ojos bajo la visera de su gorro, y estudió durante varios segundos sus facciones; segundos que a Onistaye se le hicieron eternos. Miró de nuevo el salvoconducto, se giró y retiró, deteniéndose después frente a un videófono con teclado de campaña custodiado por dos de sus subalternos.
Una perla de sudor se deslizó por la mejilla de Atsany. Onistaye siguió con la mirada cómo Atsany y sus Shindays se llevaban la mano a la culata de sus armas, hábilmente ocultadas entre los pliegues de la ropa. De nuevo, se fijó en cómo el oficial tecleaba algunas palabras, y aguardaba impaciente, lanzando de vez en cuando recelosas miradas al tráiler. Parecía que el tiempo se había detenido por completo.
Otros vehículos, temporalmente estacionados a ambos lados de la vía, accedieron y prosiguieron camino pese a haber llegado más tarde que ellos. Ese detalle preocupó a Onistaye, que miraba cómo se perdían por el interior de la capital.
-Nos han atrapado -dijo Atsany.
-Cállate -ordenó Onistaye.
-Tarda demasiado.
-Ten paciencia -dijo en voz baja, Onistaye.
Algunos Shindays contenían la respiración con sus cuerpos rígidos, en tensión.
-Sólo un poco más.
Onistaye también estaba intranquilo, y en la última palabra le tembló ligeramente la voz. Posó su mirada sobre un par de perros-tikre que yacían tumbados, aguardando pacientemente al lado de sus custodiadores. Estaban utilizando perros de guerra imperiales, y eso era un dato a tener en cuenta.
Por el videófono, repentinamente, apareció un rostro duro y de mandíbula prominente. Era una Walkiria imperial de alto rango que intercambió varias palabras con el oficial de la guardia. El capitán hizo una seña; rápidamente, un cordón de seguridad se desplegó alrededor del vehículo, levantando sus armas; de una de las torretas de vigilancia apostadas a ambos lados del camino, surgió un doble mini-cañón que les apuntaba directamente; una oleada de tensión recorrió el interior del tráiler.
-Quietos -ordenó Onistaye a sus hombres.
Debían evitar la violencia a toda costa.
-Quietos he dicho, que nadie se mueva. Manteneos ocultos.
Un par de Walkirias ataviadas con armaduras de asalto escanearon el vehículo meticulosamente; había guardias por todas partes; un paso en falso y…
Atsany agitó la cabeza procurando regular su respiración. Onistaye pudo leer en los labios del oficial un nombre, Mesala.
-El senescal del Conde -susurró Onistaye.
-¿Y si los distorsionadores ya no son válidos?
-Ya estaríamos muertos.
-Creo que deberíamos intentar saber qué es lo que traman -dijo Atsany.
-Negativo. Nuestro único objetivo es la neutralización del Conde Alexander Von Hassler.
Onistaye se interrumpió al comprobar que los guardias a su alrededor cargaban sus armas, dispuestos a abrir fuego.

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