17 enero 2011

SHINDAY CAPÍTULO II


II
LOS GENERALES IMPERIALES

 
«Nuestra mayor fortaleza se cimenta en la libertad de nuestras mentes y nuestras almas».
Viejo refrán Shinday.

Ahora viene la parte más difícil, se dijo a sí mismo Stephan. No se le había escapado cómo algunos miembros del Consejo reprimían airadas miradas ante su saludo.
Stephan Seberg se encargaría personalmente de que, en el futuro, el Consejo fuera presidido por representantes de todas las etnias existentes en los Sistemas Fronterizos. No más discriminaciones.

Esa es nuestra mayor riqueza, pensó mientras se dirigía a la sala de audiencias. Se acomodó en un sillón presidencial que situaba la mirada de sus visitantes a la altura de sus pies. Aquello era una treta psicológica premeditada.
Por una abertura lateral, su lugarteniente Onistaye se situó a su lado. Un selecto grupo de guardias armados hasta los dientes tomaron posiciones por toda la estancia. Stephan Seberg inspiró profundamente.

–Que pasen, Onistaye —susurró el Premier de los Sistemas Fronterizos—. Que empiece la función.

Onistaye asintió. En una holoimagen situada sobre su antebrazo, comprobó cómo toda la delegación era explorada de pies a cabeza. Nada de armas biológicas, ni drogas ópticas, microbombas de destrucción localizada, ni de radiación limpia.

—Bien, que pasen —ordenó Onistaye por su intercom.

Nada menos que tres Generales imperiales de sector hicieron acto de presencia en la sala con descarada arrogancia. No portaban ningún tipo de escolta o guardia de honor. Su prepotente confianza resultaba insultante para los guardias de Stephan Seberg. Casi todos habían perdido seres queridos asesinados por aquellos mismos hombres. Por idéntico motivo Stephan Seberg había seleccionado a aquellos guardias. Eran todos Rebelis y no desafiarían ninguna orden suya. Stephan sabía que un solo descuido o altercado propiciaría el desastre.
Impecables uniformes, pensó.
Sobresaliendo del grupo, con una altura de dos metros, el General Iván Zarkoff exhibía toda una pechera de medallas, a cada cual más impresionante y reluciente. Desprendía un caro y exótico perfume de Indha. Los gemelos de sus mangas poseían la forma de las águilas imperiales.

—Mi Señor Premier —saludó con una inclinación de cabeza, dando un sonoro taconazo.

—Sed bienvenidos a mi humilde morada, Altos Señores de Ákila, ¿en qué puedo serviros? —preguntó alegremente Stephan Seberg sin dejar de controlar la más sutil de sus reacciones. Debo de ganar todo el tiempo que pueda, pensó.

—Mi Señor Premier, tengo el deber de comunicaros, bajo la bendición de nuestro augusto Imperator Viktor Raventtloft I, que hemos declarado los Sistemas Fronterizos protectorado oficial del Imperio y asumiremos temporalmente el gobierno provisional del Alto Consejo de Zaley–te, hasta reestablecer el orden y la paz en dicho cuadrante. Nos hemos visto obligados a extender nuestro cinturón de seguridad por motivos estratégicos y de primer orden para salvaguardar nuestra milenaria soberanía —dijo con voz marcial el General Zarkoff.

—Debo recordaros, General, que Zaley–te también es una soberanía milenaria y que bajo el tratado número cuatro, párrafo dieciséis de los Sistemas Unidos, cualquier intento de anexión injustificada por parte de cualquier potencia exterior, será perseguida por el resto de civilizaciones pertenecientes a dicho tratado —explicó mansamente Stephan Seberg.

—Cierto. Por ello, hemos mandado toda la documentación pertinente a la Cámara de Justicia del Alto Tribunal de los Sistemas Unidos —afirmó contundentemente General.

Material falsificado, pensó malhumorado Stephan Seberg, con miembros comprados o chantajeados. Este General no se deja provocar. Tiene cabeza.

—Mientras tanto debemos tomar medidas preventivas por pura necesidad defensiva —justificó el General.

Estoy seguro de ello, pensó Stephan.

—La grave amenaza de las incursiones y asalto de nuestros cargamentos de hielo violeta y el constante hostigamiento de vuestros forajidos Rebelis, han alarmado a nuestros dirigentes de Ravalione y Thanos. Vuestra total falta de control sobre tales parias, han costado monstruosas pérdidas materiales al Imperio, creando una desagradable y caótica situación de inseguridad que no puede ser consentida bajo ningún concepto ni circunstancia en nuestras fronteras. Ante tales hechos debemos liberar a todo pueblo civilizado de esta amenaza de anarquía —sentenció el General.

Hielo Violeta, pensó Stephan. Así se denominaba en la terminología imperial al mineral energético de Vignis extraído en las minas de Krystallus–Nova.

—Aun así, necesitaremos un mínimo de tiempo para el traspaso de poderes, bajo la supervisión de un comité de Sucesión Neutral de los Sistemas Unidos, tal como marcan las leyes vigentes. Además de los testigos oculares de tres civilizaciones ajenas a tal cuerpo representativo —dijo Stephan Seberg mirando de reojo a sus guardias.

—Tal comité se halla bajo nuestra protección, a la espera de vuestro permiso de entrada —dijo sonriente el General, con malévola mirada.

Un comité de títeres, están en todo, caviló Stephan Seberg. Tenía la sensación de que iban siempre un paso por delante.

—Tenéis cincuenta horas imperiales para un pacífico traspaso de poderes —esto último lo recalcó lanzando una significativa mirada, a lo que añadió— por supuesto, ello incluye la entrega de la siguiente lista de forajidos y asesinos perseguidos por el Imperio. El General dejó caer dicha lista sobre el suelo, resonando en toda la sala el golpe seco de la metálica carpeta que la portaba. Con un ligero gesto de cabeza, sin pedir permiso para retirarse, le dieron la espalda.

La delegación imperial con sendos taconazos, dio por concluida la audiencia. Stephan Seberg tomó la lista del suelo comprobando cómo el primero de una larga fila, era el forajido Rebelis conocido como Asey.

Onistaye cruzó una mirada de comprensión con él.

—Haré los preparativos pertinentes, mi Señor.

—Vaya, no sabía que mi cabeza tuviera un precio tan alto a pesar de estar bastante carente de ideas últimamente —susurró para sí.

Es cierto, yo soy Asey pero, ¿quién es Asey en realidad? El líder de una guerra no oficial declarada hacía mucho tiempo al Imperio. Las acusaciones del General Zarkoff tergiversaban la realidad actual con escandalosa desfachatez. Los Rebelis se habían limitado a defenderse de los furtivos exterminios imperiales. Aquellas tribus de hábiles cazadores, exploradores y guerreros, jamás habían aceptado someterse a la corrupción imperial.
Desde un principio, comandados por Asey, habían librado encarnizados golpes de guerrillas contra los invasores imperiales. Era una lucha desigual y lo sabían.


Sus guerreros Shinday se habían especializado en fulgurantes ataques a objetivos muy precisos y estudiados. Las represalias imperiales, por su parte, produjeron el efecto contrario al deseado por los altos mandos. La rebelión abierta y sin concesiones. Inutilizaban estaciones orbitales, demolían bases espaciales, aéreas y submarinas. Asaltaban puestos de mando avanzados, saqueaban los suministros de Vignis imperiales para después comprar armamento ilegal de Invenio, medicinas o alimentos. Incluso se habían atrevido a hacer incursiones detrás de las líneas enemigas, con arrogante descaro.
Lo que ignoraban todos los miembros del Consejo de Zaley–te y la mayoría de su pueblo, era que Stephan Seberg, brillante científico de Thenae y anterior maestro de Thenak, era en realidad Asey, el guerrero sin rostro que traía en jaque a la guardia fronteriza imperial.


El azote de las tropas de rastreo de Ankorak, el salteador de las naves de mercancías imperiales, el hombre que con pocos recursos había osado desafiar al Señor de las dos águilas de platino. El único luchador rebelde que, en toda la historia del Imperio, había logrado atravesar sus líneas y regresar ileso. Él era la ira de los bosques, la furia de las montañas, él era el vengador de Nemus–Iris. Asey, en su lengua vernácula, significaba «el valeroso». Stephan Seberg era Asey, líder del pueblo Rebelis y sus siete naciones. Bravos guerreros que se enfrentaban a la exterminación por parte del Imperio, de los Sistemas Fronterizos con gritos de libertad o fuego. Si no hubiese ocultado su identidad, habría precipitado la catástrofe sobre su pueblo.
Había practicado un letal doble juego político con el fin de ganar tiempo para conseguir la ayuda de la Interfederación y Sillmarem. Por un lado mantener la independencia de su pueblo sin provocar al Imperio y salvar así todas las vidas posibles, por otro, luchar con la resistencia Rebelis para contener las incursiones de las fuerzas fronterizas del Imperio. Su situación actual ya no era un juego. Aquellas tropas que orbitaban alrededor del planeta eran fuerzas de invasión de primer orden, auténticos asesinos profesionales. Estoy en la cuerda floja, pensó.
Echaba de menos Thenae y todo lo que para él era querido. Su esposa Elke había sido nativa de Nemus–Iris y al igual que él, su hija Sarah, nativa de Thenae. También estaba allí, bajo el tutelado de Anastas Timónides Krátides. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la vio? Ya no podía asegurarlo.

Acarició en su pecho un reluciente medallón de oro. Estuche cuyo valioso contenido eran dos diminutos retratos de su difunta mujer y su hija Sarah. Dos imágenes muy queridas para él.
Concéntrate en el presente Stephan, se dijo a sí mismo.
La entrevista con el General Zarkoff no otorgaba buenos augurios para su pueblo. La llegada de Miklos Sillmarem era aún una incógnita, al igual de las líneas de acción que emprenderían el resto de fuerzas del universo y cómo se precipitarían los acontecimientos. Uno de los mayores temores que podía paralizar la capacidad de acción de los Sistemas Unidos era una guerra total entre dos grandes bandos. Uno a favor del Imperio y sus aliados y otro a favor de la Interfederación de Planetas Libres, convirtiendo el cosmos civilizado en un total caos. Nadie se arriesgaría a una opción así. Nadie a menos que obtuviese un inusitado poder.
A lo cual, si la mayor parte de las fuerzas del universo utilizaban su derecho de no beligerancia y no intervención en un conflicto o guerra de Sisfrón con el Imperio, se quedarían solos y condenados a su suerte. A menos que Miklos Sillmarem les ayudase. Esta era su única y desesperada opción. La voz de Miklos tenía un poderoso peso en el Consejo de los Sistemas Unidos, en la Interfederación e incluso en el mismo Imperio.
Posibilidades, posibilidades, los polos opuestos se atraen. La guerra del Infinito es inevitable. Quizás me estoy haciendo viejo, pensó.
Unos minutos más tarde Onistaye le ayudaba con los comunicados y partes de batalla. Las noticias eran cada vez peores. Tropas de desembarco imperiales estaban tomando la parte sur del planeta. Le pedían más ayuda armada para rechazar a los escuadrones imperiales. Las defensas del planeta estaban cayendo. Los puestos avanzados de seguridad eran insuficientes. Atacaban incluso las naves de transportes de la Interfederación. Los bombardeos de superficie eran cada vez más violentos. Las fragatas médicas eran hechas pedazos.
Cincuenta horas más tarde, la guerra de Zaley–te era un hecho inevitable. Un comando de élite del Conde Alexander Von Hassler había logrado localizar a todos los miembros del Consejo antes de partir. Indudablemente había espías y traidores metidos en ello. La cabeza de los Sistemas Fronterizos caía arrastrando consigo los pocos restos que quedaban aún de su civilización.
Stephan Seberg tomó el control del gobierno, declarando la ley marcial en todo el Sistema planetario. Leyó un discurso, que irradió por todos los Sistemas Fronterizos, preparando a la población para la lucha y la resistencia.
Se inició un éxodo masivo hacia Thenae y los planetas aliados de la Interfederación, al tiempo que empezaba una desesperada resistencia por todo el orbe. La ciudad se hallaba en llamas.
Debía abandonar su amado Zaley–te para proseguir la guerra en Nemus–Iris y demás planetas exteriores y para reunir a tantos guerreros como pudiese. Tantas cosas por hacer. Millones de familias dejaban atrás sus hogares para no volver a verlos, tal como los conocieron, nunca más.



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